Seis semanas del brote de la enfermedad por coronavirus de 2019: Es hora de considerar estrategias para impedir la aparición de nuevas infecciones zoonóticas

Seis semanas del brote de la enfermedad por coronavirus de 2019: Es hora de considerar estrategias para impedir la aparición de nuevas infecciones zoonóticas

La aparición de la enfermedad por coronavirus de 2019 (COVID-19), también conocida como neumonía por coronavirus nuevo, ha centrado la atención global en el potencial de las infecciones zoonóticas para causar epidemias y pandemias generalizadas. Los coronavirus, previamente asociados a infecciones respiratorias leves en humanos, han demostrado su capacidad para provocar enfermedades graves con los brotes del síndrome respiratorio agudo grave (SARS) en 2003 y el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS) en 2012. El actual brote de COVID-19, iniciado a finales de 2019, subraya la necesidad de estrategias para prevenir la emergencia de nuevas infecciones zoonóticas.

Los coronavirus constituyen un grupo diverso de virus que infectan a una amplia variedad de mamíferos y aves domésticos y silvestres. Estos animales suelen actuar como portadores y reservorios de coronavirus. Antes del brote de COVID-19, se conocían seis especies de coronavirus capaces de causar enfermedad en humanos. Cuatro de estas especies son endémicas en poblaciones humanas y generalmente provocan síntomas leves de resfriado común en individuos inmunocompetentes. Las otras dos especies, SARS-CoV y MERS-CoV, son de origen zoonótico y pueden causar infecciones graves y potencialmente mortales. El virus de la COVID-19, designado como 2019-nCoV, es la séptima especie de coronavirus conocida por infectar humanos y también tiene un origen zoonótico.

Tanto el SARS-CoV como el MERS-CoV se cree que se originaron en murciélagos, con hospedadores intermediarios desempeñando un papel crucial en su transmisión a humanos. El SARS-CoV habría sido transmitido a humanos mediante civetas enmascaradas, mientras que el MERS-CoV se propagó a través de camellos dromedarios. De manera similar, la secuencia genómica del 2019-nCoV muestra un notable parecido con la de coronavirus similares al SARS encontrados en murciélagos, lo que sugiere que estos son el reservorio natural del virus. Se hipotetiza que una especie de coronavirus en murciélagos cruzó la barrera interespecie hacia un hospedador mamífero intermedio, probablemente una civeta enmascarada, comercializada en un mercado húmedo de Wuhan, China. La posterior mutación y transmisión a humanos inició la epidemia de COVID-19.

El número reproductivo básico (R₀) es una métrica epidemiológica clave que indica el promedio de infecciones secundarias generadas por un individuo infectado. El R₀ del SARS-CoV se estimó en alrededor de 3, mientras que el del 2019-nCoV oscila actualmente entre 2,2 y 2,7. Sin embargo, en aproximadamente el 10% de los individuos infectados con SARS-CoV y MERS-CoV se ha observado un fenómeno de «superpropagación», donde una sola persona puede transmitir el virus a más de 10 contactos. Aunque aún no se han identificado superpropagadores en el brote de COVID-19, los clínicos e investigadores deben permanecer alerta ante su posible existencia y tomar medidas para identificarlos y aislarlos.

Los modelos matemáticos han aportado información relevante sobre la dinámica de transmisión del 2019-nCoV. Investigadores de la Universidad de Hong Kong estimaron un R₀ de 2,68 (intervalo de confianza del 95%: 2,47–2,86) y un tiempo de duplicación de la epidemia de 6,4 días (IC 95%: 5,8–7,1). Otro estudio sugirió que el R₀ podría alcanzar 6,47, resaltando el potencial de rápida diseminación del virus.

El origen zoonótico del 2019-nCoV, así como el de SARS y MERS, ha puesto en evidencia el papel de los mercados húmedos no regulados en China, donde se comercializan animales silvestres vivos para consumo humano. Estos mercados incrementan el riesgo de transmisión viral desde reservorios animales a humanos. Como respuesta al brote de COVID-19, China implementó el 26 de enero de 2020 una prohibición total de la venta y comercio de carne de animales silvestres. Se espera que esta medida reduzca la transmisión zoonótica del 2019-nCoV y mitigue el riesgo de futuros brotes.

Los costos económicos y humanos de los brotes zoonóticos son considerables. La epidemia de SARS en 2003 costó aproximadamente 54.000 millones de dólares a la economía global, mientras que el brote de MERS en Corea del Sur en 2015 generó pérdidas de 2.600 millones de dólares en el sector turístico. El brote de ébola en 2014 en Guinea, Liberia y Sierra Leona costó alrededor de 300 millones de dólares a estos países. Se anticipa que los costos globales del brote de COVID-19 serán igualmente significativos.

Los esfuerzos para contener el brote de COVID-19 han sido extensos, pero persisten desafíos. La cooperación internacional y la implementación de estrategias de salud pública probadas serán esenciales. No obstante, es inevitable que surjan nuevas infecciones zoonóticas en el futuro. Por ello, es imperativo que las autoridades sanitarias y de vida silvestre, tanto locales como internacionales, establezcan mecanismos de control rigurosos para reducir la exposición humana a la carne de animales silvestres y sus derivados.

En Asia, el consumo de carne de animales silvestres se asocia a creencias en sus propiedades medicinales, beneficios para la salud y como símbolo de estatus. El comercio local e internacional de vida silvestre requiere cambios urgentes y decisivos. Se espera que las medidas adoptadas por China, en colaboración con la comunidad internacional, contribuyan a controlar el brote de COVID-19. Además, es crucial regular y restringir el comercio no controlado de animales silvestres para prevenir futuros brotes zoonóticos y sus consecuencias humanas y económicas.

En conclusión, el brote de COVID-19 ha evidenciado la amenaza continua de las infecciones zoonóticas y la necesidad de estrategias integrales para prevenir su aparición. Al abordar las causas subyacentes de la transmisión zoonótica, como el comercio y consumo de animales silvestres, y al implementar medidas de salud pública efectivas, es posible reducir el riesgo de futuros brotes y proteger la estabilidad sanitaria y económica global.

doi.org/10.1097/CM9.0000000000000760

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